Grup Aribau

EL BUEN PASTOR, LA PIEDRA RECHAZADA

Hech 4, 8-12; 1 Jn 3, 1-2; Jn 10, 11-15..

1. Yo soy el Buen Pastor

1. Sólo Jesús de Nazaret, resucitado y glorioso, puede, hoy, repetir esas sus palabras consignadas en el Evangelio según Juan. Hoy que experimentamos, una y otra vez, el manoseo y la estupidez, también nuestra, de los empleados esclavos de su salario. Todo está en función de él. Cuando aparece el lobo, desaparecen esos funcionarios de este mundo y, algunos, con pretensión de predicar el Reino de Dios. “Dar la vida por sus ovejas” es propio no sólo de un excelente pastor, para este inteligente ‘mundo’ algo exagerado en sus valores, sino de aquel que todo lo puede con su nombre: Cristo Jesús.

2. Esas ‘ovejas’ del Buen Pastor están en el dinamismo del conocimiento que Dios-Padre tiene de Dios-Hijo y Buen Pastor. Es un conocimiento ‘divino’ que es capaz de ‘re-conocernos’ por dentro. 

Ese “Buen Pastor” es capaz de dar su vida por sus ovejas para que, en el conocimiento divino que él tiene del Padre y el Padre de él, haya un único ‘rebaño’ con un único Pastor. Eso realmente es la utopía cristiana. Eso es lo que muchos cristianos intentaron construir durante muchos siglos, de formas diversas y, a veces, divergentes.

2. Ser hijos de Dios en un mundo que no nos reconoce como tales

3. En dos versículos lo dice muy bien San Juan, al inicio del capítulo 3º de su Primera Carta: “Mirad cuánto amor ha tenido el Padre con nosotros, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos”. “Ser hijo de Dios” puede ser una buena y piadosa palabra o una gran realidad. Pero, el apóstol quiere aclarar bien el asunto: “realmente lo somos”. “Si el mundo no nos reconoce”, como tales, “es porque tampoco lo ha reconocido a él”, al Hijo del Padre y Buen Pastor. 

3. La ‘lucha’ de los “hijos de Dios” es con el poder del nombre de Cristo

4. Prosigue Juan: “Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin”. 

Estamos en una situación crítica: somos del rebaño del Buen Pastor, hay otras ovejas que no lo son. El Buen Pastor quiere ir a por ellas, para que haya un único rebaño y un único Pastor. Pero, nuestra entidad real de “hijos de Dios” y de “ovejas del Buen Pastor” hoy no aparece ante los ojos de los de ‘fuera’. Somos clasificados de mil maneras, de acuerdo con la tipología de cada escuela, y aparecemos como unos ‘utópicos’ algo fracasados.

5. El Libro Hechos de los Apóstoles, en su capítulo 4, (8-12), da respuesta a esta situación de ser y de no aparecer. Los que rechazaron al Buen Pastor, los que lo detuvieron y lo crucificaron, no se dieron cuenta de la ‘piedra’ que rechazaban. “Pedro, lleno del Espíritu Santo”, lo explica muy bien: “Jefes del pueblo y ancianos: Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, para saber cómo fue curado, sabedlo vosotros y sépalo todo el pueblo de Israel: Este hombre ha quedado sano en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos”.

6. Pero, ¿cuál es la fuerza de esos que seguimos fieles a ese Buen Pastor, piedra rechazada? Lo aclara también Pedro: “Este mismo Jesús es la Piedra que vosotros, los constructores, habéis desechado y que ahora es la piedra angular”. 

La centralidad del “Buen Pastor” es capital para nuestro propio destino personal: “Ningún otro puede salvarnos, pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido como Salvador nuestro”. Y, es ahora, cuando aparece para cada uno la gran pregunta: ¿Mi relación con la “piedra rechazada”, con el Buen Pastor, es en su conocimiento del Padre y en el conocimiento del Padre respecto a él? O, ¿es un conocimiento histórico, real, piadoso, filosófico o teológico, pero, no divino?

Jaune González-Agàpito

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