Grup Aribau

LA FIDELIDAD AL PAPA

1.     La fidelidad al Papa es un componente primario en el servicio diplomático de la Santa Sede. Algunos la hemos vivido en este gran servicio. Algunos hemos sufrido la ausencia de esa fidelidad en ese buen servicio. Como cuando en la Nunciatura del Brasil se odiaba a San Pablo VI, se celebraba ignorando completamente sus disposiciones litúrgicas, se rompía el “Secreto Pontificio” por miras e intereses humanos, se odiaba a la Conferència Nacional dos Bispos do Brasil en casi todos sus miembros, se buscaba con sumo interés cualquier cosa contra el Arzobispo de Olinda e Recife, Dom Helder Pessoa Câmara, contra Dom Pedro Casaldàliga, Obispo Prelado Territorial de Sâo Felix do Araguaia y, sobre todo, contra Dom Aloísio Lorscheider, Arzobispo de Fortaleza (Brasil) y Presidente del CELAM, a quien ante la negativa del Nuncio para hacerlo y que, por ello, se ausentó de la Nunciatura, tuve ser yo quien le comunicara que el Papa Pablo VI lo había nombrado cardenal y tuve que recoger su aceptación.

2. Tiempos duros, como casi siempre. Recuerdo, con mucho afecto y devoción, las palabras que agarrándome fuertemente las manos, me dijo San Pablo VI, en el año 1976, en la audiencia privada que había preparado Mons. Giovanni Bebelli: “ Anche noi sofriamo tanto! La prego, Jaime, ritorni al Brasile: Il Papa ha bisogno di Leí ”. Y volví a un lugar que no me gustaba, porque lo que se hacia y se vivía no era precisamente “la fidelidad a la Santa Sede. El asunto se complicó y lo somaticé en una enfermedad que, bastantes años después, se diagnosticó como un tumor cerebral: un meringioma.

3. Volví a mi tierra y a mi archidiócesis. Pero, me equivoqué. Fui tan mal acogido que incluso me daba vergüenza tener que depender económicamente de mis padres: Jubany y su equipo, me habían asignado el sueldo mensual, sin ningún nombramiento, de 18,75 euros (3 mil pesetas de la época). La Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Barcelona, en la que ya había enseñado Historia del Derecho, y una responsabilidad en la Generalitat de Catalunya sobre libros y bibliotecas, salvaron a aquel “Monseñor”, que durante casi un año había sido el Ordinario in iure et de facto  de 10 países en estado de misión de África, para que no se muriera de hambre.

4. Tuve que salvar, a mi vuelta del Brasil, yo enfermo y desamparado, por explicito ruego del cardenal Jubany, a ese votante del Conclave de las iras (eran reales y comunicadas) de San Juan Pablo II, ya que en una entrevista en primera página de “La Reppublica”, Jubany se había atribuido, él mismo, la idea, la propaganda, la acción de solicitar el voto y el haber obtenido la elección del Papa polaco. Lo hice en la audiencia con el Substituto de Secretaria de Estado, Mons. Giuseppe Caprio. Aquel buen señor, que luego, fue cardenal, me felicitó: en lugar de hablar de mí mismo, había empleado mi tiempo en salvar a Jubany de que fuera expulsado, como quería el Papa, del colegio cardenalicio. “Lo felicito, me dijo, por su fidelidad a la Santa Sede”.

5.     Luego Jubany pensó que me faltaba “experiencia pastoral” y me hizo párroco de Llavaneres. El último párroco había muerto a los 7 meses de su nombramiento y el anterior se había marchado de noche y sin avisar a nadie. La parroquia estuvo 2 años sin párroco. Creo, eso decían casi todos, que no me fue mal. La parroquia resucitó e hice lo que pude. Entonces Jubany empezó a amargarme la vida de nuevo, “oportuna e inoportunamente”. Su instrumento fue un vicario episcopal, pequeñito, pero con muy mala leche. La santa Sede se cabreó un poquito. El Nuncio de Su Santidad, Mons. Mario Tagliaferri hizo algo inusual en la época: una especie de “Visita Pastoral” a la parroquia durante 3 días. La aceptación por parte de Juan Pablo II de la renuncia de Jubany fue inmediata. Nuevo arzobispo y traslado a Barcelona. Mons. Ricardo Carles Gordo me nombró, con decreto firmado, párroco de Santa María del Mar. Pero el titular no se quiso ir. Dos de mis más entrañables amigos, Carles Soler Perdigó y Jaume Traserra Cunillera encontraron el lugar ideal para mí: Santa María Reina en Pedralbes. Había dos vicarios y dos jesuitas como ayudantes. Allí podía hacer de las mías y no molestaría a nadie: aquello quedaba muy lejos de la curia episcopal.

6.     La fidelidad a la Santa Sede en esta historia, pequeña y podrida, ha sido constante. Una carta del nuncio Tagliaferri publicada en los 6 catecismos, en catalán y en castellano, que, en menos de un año, he publicado, es prueba de ello.
Corto el relato para no ofender a nadie todavía vivo. Pero con algo quiero terminar. Conocí casualmente a Jorge Mario Bergoglio, en el número 70 de la Via della Scrofa de Roma. Quedé tan prendado de él, después de una conversación larga y bonita, que, luego, en el Vaticano, cuando iba a una reunió sobre la familia y la vida (yo me ocupaba de esas cosas entonces) en el Aula Antica del Sinodo, escribí una pequeña comunicación. Era para Mons. Leonardo Sandri, argentino también, antiguo compañero mío en la diplomacia y, en aquel momento, Substituto de la Secretaría de Estado. Entregué la cartita al ascensorista para que la subiera a Secretaría de Estado. En ese papel decía “es una lástima que no hagan Papas a los argentinos”. Me refería, evidentemente, a Bergoglio. Era el mes de marzo de 1998. Faltaban exactamente 15 años para el Papa Francisco.

Jaume González-Agàpito

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