FIESTA DE LOS DOLORES GLORIOSOS DE SANTA MARÍA 

  1. María sufrió por Jesús, pero también sufrió con él: en la pasión de Cristo participó en el dolor del hombre. El mundo necesita hoy mucha compasión. La fiesta de hoy nos da una lección de compasión verdadera y profunda. Tal como, en occidente y desde el siglo XIIi, predicaron los hermanos servitas.
  2. A Santa María se la invoca, en latín, como “Maria Virgo Perdolens” o “Mater Dolorosa”. Esta advocación destaca el sentimiento de dolor de la madre ante el sufrimiento de su hijo. Los “Siete dolores” son una referencia a siete episodios de la vida de Jesucristo, relatados por los Evangelios, que hicieron sufrir a María, que acompañaba a su hijo en su Pasión.
  3. La devoción a la “Mater Dolorosa” se desarrolló desde de finales del siglo XI. En 1239, en Florencia, la “Orden de los Servitas” u “Orden de frailes Siervos de María”, fijó la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores el 15 de septiembre.
  4. La liturgia de hoy, nos hace leer en la “Carta a los Hebreos” los sentimientos del Señor en su pasión: “En los días de su vida terrenal ofreció oraciones y súplicas con fuertes gritos y lágrimas a aquel que podía liberarlo de la muerte”.
  5. La pasión de Jesús se imprimió en el corazón de su madre. Estos fuertes gritos y lágrimas, imprimieron en ella el deseo de que fuera salvado de la muerte, porque una madre desea que su hijo no sea condenado. Pero, María se unió a la piedad de Jesús, sometida a la voluntad del Padre.
  6. Por eso la compasión de María fue verdadera: porque realmente tomó sobre sí el dolor del Hijo y aceptó, con él , la voluntad del Padre, en una obediencia que da la verdadera victoria sobre el sufrimiento y sobre la muerte.
  7. Nuestra compasión, como la de María, debe de estar llena de fe .En el sufrimiento del prójimo, vemos la voluntad de Dios, pero también sufrimos con los que sufren. Pedimos el don de la verdadera compasión: la victoria sobre el sufrimiento y que sean liberados de él los que lo padecen, en una profunda sumisión a la voluntad de Dios, que siempre es voluntad de amor.

Mons. Jaume González-Agàpito

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