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30 AÑOS DE PÁRROCO: “BON VENT I BARCA NOVA!”

  1. Cuatro doctorados, algunas licencias y varios masters, 6 años y medio de párroco en Llavaneres y unos cuantos en el servicio diplomático de la Santa Sede.  La Archidiócesis de Barcelona, hace 30 años, me obsequió con el título de párroco de Santa María del Mar. Pero, el párroco anterior no quiso irse. Dos ‘amigos’ míos, Carlos Soler Perdigó y Jaume Traserra Cunillera, me propusieron ir a Santa María Reina de Pedralbes. Allí llegué y tomé posesión, el 29 de septiembre de 1991, en una celebración presidida por Mons. Ramón Dalmau Serra, Auxiliar emérito de Barcelona. Tenía, entonces, dos vicarios parroquiales mayores que yo y dos jesuitas el fin de semana.
  2. Corrigieron el asunto, nombrándome también Fiscal General de la Archidiócesis y, luego, Delegado Episcopal de la Familia y la Vida (durante más de 12 años) y Delegado de Ecumenismo y de Relaciones Religiosas (durante 23 años). Pero, al que era Director del Departamento de Derecho Canónico y Derecho Eclesiástico del Estado en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Barcelona le habían vetado, ya el año anterior, enseñar esas disciplinas en la Facultad Teológica de San Paciano de Barcelona. El centro no tenía todavía disponibles graduados en la materia y contrataron a un dominico que, cada semana venía desde Valencia, y que ocupó la cátedra ad interim. Algunos de mis queridos colegas universitarios de la Autónoma me propusieron ir con ellos a la Universidad Pompeu Fabra. Yo los contenté dando algunos cursos de doctorado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, donde yo había iniciado mis estudios jurídicos, por su proximidad a la Parroquia de Santa María Reina.
  3. En la Parroquia de Santa María Reina substituí a un párroco, que lo fue menos de dos años, y que había substituido al primer párroco que yo no conocí. Me recibió diciéndome. “Me habían dicho que eras muy inteligente, pero, al haber aceptado esta parroquia me demuestras que no lo eres”. En la iglesia de Santa María de Montserrat de Pedralbes de la parroquia de Santa María Reina, no encontré, a parte de un par de grandes mesas, dos otras viejas mesas de despachio, dos docenas de sillones metálicos, doce sillas también metálicas, y algún trasto más, ningún otro mueble, ni siquiera una cama. En la sacristía también poca cosa. Había, a parte del legado fundacional de unos candelabros y algún cáliz, un pequeño y muy reducido ajuar litúrgico. Lo mejor estaba en la Capilla de Santa María Reina de Can Caralleu.
  4. En el gran jardín había de todo, incluso acelgas y tomates. Una única puerta de entrada por la, entonces, Carretera d’Esplugues, número 103. Y otra, pequeña y casi inservible, puerta metálica por la calle Miret i Sans, a la que yo puse el número 36. Detrás de la iglesia, un escuálido campo de básquet y un vertedero de basura protegido por unos cipreses. La gasolinera de la, ahora, Avenida d’Esplugues, cerraba, en una plaza sin asfaltar, a las 22 hh. En la otra parte de la calle Miret i Sans, campo abierto. Debo a la amabilidad y al cariño de mis antiguos feligreses de Sant Andreu de Llavaneres, la limpieza esencial de la casa rectoral, una cama y algún mueble, una vajilla, una cubertería, algunos vasos y unos cuantos enseres de cocina. La cocina estaba en la, hasta 2021, biblioteca del primer piso. El comedor era la, hasta ahora, habitación de Salvador.
  5. Allí empecé yo a vivir y a ejercer mi rectorado. Durante dos años viví solo. Quiero decir casi incomunicado: un mal teléfono y poco servicio de transporte público. Allí empecé también a vivir mi ideal de la vida en común del clero. Mucha gente ha pasado por mi casa durante 30 años. Muchos son clérigos, otros gente de bien. Uno sólo ha permanecido durante 28 años a mi lado.
  6. Sería ridículo que yo ahora pormenizara todo lo que muchos han hecho durante esos mis 30 años. Una vida parroquial intensa, Converses de Pedralbes, el Oficio Divino celebrado y cantado durante casi tres decenios, las celebraciones eucarísticas preparadas y vividas, el comedor social El Pa de Sant Oleguer (con casi 25 años de vida y que ha obtenido, ahora, la Medalla de Honor del Ayuntamiento de Barcelona), la pastoral matrimonial, las catequesis de niños, de jóvenes y de adultos, la bonita e interesante revista parroquial “Pedralbes”, el ecumenismo en la práctica, los hermanos de las Iglesias Ortodoxas celebrando allí, etc., etc.
  7. Es pues con sumo dolor que, en el mes de octubre del año 2021, haya de soportar que se me diga oficialmente, por boca del Fiscal General de la Archidiócesis de Barcelona y en presencia del Sr. Cardenal Arzobispo, que en la Parroquia de Santa María Reina no se hace casi nada. Que somos un enjambre de ociosos y degenerados dados a las drogas, que impedimos la vida cristiana de los fieles, que tratamos a la gente a patadas y a codazos, que nadie quiere venir aquí a nada y otras barbaridades que prefiero olvidar y que hicieron que el domingo 10 de octubre de 2021 yo cayera al suelo, en una lipotimia, al iniciar mi homilía dominical.
  8. Una parroquia con un solo presbítero, pero, que no para, llena de gente joven que atiende a los pobres cada día, con grupos de matrimonios que se reúnen y ruegan periódicamente ante el Santísimo expuesto, en la que se bautiza muy a menudo a adultos, en que se celebran gran cantidad bautizos, de matrimonios, muchas primeras comuniones y confirmaciones cada año, en la que se atiende y sigue a los enfermos, en la que se celebran muchos funerales, en la que se recibe, escucha y confiesa al que lo pide y en la que se trabaja, a veces, noche y día para atender al culto y a los fieles, pero también para limpiar, lavar, fregar y rezar, no merece ser tratada como si fuera algo impresentable como dicen esos hipócritas fariseos que la condenan, pero que quizás merecen ellos mismos las piedras que intentan tirar contra la ‘adultera’.
  9. Es por ello y porque me gusta muy poco esa Iglesia en la que se casan por lo civil los obispos y, en la cual, todavía hoy la jerarquía no ha dicho ni ha hecho nada de lo que prevé el Código de Derecho Canónico. Iglesia en la que triunfa la ignorancia y la mala leche y falta el amor al prójimo. Iglesia que, durante 30 años ha impedido que los clérigos viviéramos juntos según lo que recomienda el Concilio Vaticano II, el magisterio pontificio, el Código de Derecho Canónico y con unos estatutos que ninguno de los tres últimos eminentísimos ordinarios ha querido aprobar. Iglesia que odia al Papa Francisco, al Arzobispo y al Párroco, pero, que no está presente visiblemente en casi ningún lugar de la sociedad secular. Iglesia que casi siempre olvida a los pobres y a los que tienen hambre. Es pues la hora de decir: ¡“Bon vent i barca nova” (Buen viento y una barca nueva)!

Jaume González-Agàpito

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