HOMILÍA DE MONS. JAUME GONZÁLEZ-AGÀPITO, EL 22 DE AGOSTO DE 2022, EN LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA REINA, TITULAR DEL TÉRMINO PARROQUIAL DE PEDRALBES

1. Introducción

  1. Es para el párroco de Pedralbes un gozo presidir esta celebración de la parroquia, que hoy celebra a la titular de su término. Los pocos clérigos y laicos de la Parroquia de Pedralbes que no estamos de vacaciones, nos hemos reunido para celebrar la Eucarístía solemnemente en la fiesta de nuestra patrona. Los que aquí estamos, deseamos, unidos en la comunión de los santos, festejar la realeza de María en este culto espiritual, centro y vértice, como nos dice la constitución conciliar Sacrosanctum Conculium del Concilio Vaticano II, de toda la vida cristiana.

   2. Et iterum venerit, cum gloria, iudicare vivos et mortuos, cuius Regni non erit finis.

2. Palabras del Credo olvidadas hoy. ¿Esperamos la manifestación de la gloria de Cristo?. La espera, que es esperanza, tiene su lugar, su tiempo y su razón. El lugar, físico y espacio existencial, es la Iglesia de Cristo. El tiempo es ese interludio que es la efimeridad de nuestro tiempo abocado a la eternidad. La razón, la misericordia de Dios que nos da “un espacio verae paenitentiae”, un respiro para nuestra conversión. En ello estamos, en la espera/esperanza de ser juzgados por nuestra vida y por el rasero de nuestro amor. 

   3. Esa la condición humana. Pero ¿qué relación tiene todo esto con Santa María? El Papa San Juan Pablo II, el miércoles 9 de julio de 1997, mostraba en una catequesis antológica, que la perenne y concorde tradición de la Iglesia afirma la glorificación de María y que ello forma parte del designio divino y que se fundamenta en la singular participación de María en la misión de su Hijo. Además, la glorificación de la Virgen forma parte, desde siempre, de la fe del pueblo cristiano, el cual al afirmar la llegada de María a la gloria celeste, ha querido también reconocer y proclamar la glorificación de su cuerpo en la fiesta que hace ocho días celebrámamos.

El reino de Cristo no es de este mundo, es decir no tiene el orden de valores de este mundo, es un reino de justicia y de paz. Aquí sólo podemos ensayar, en el espejo y en la imagen, a vivir la gran realidad de la vida eterna en Dios: ese es el reinado de Cristo.”¡Que venga tu reino!” vamos a clamar hoy, de nuevo, en el Padrenuestro.

   4. Es en el amor esponsal de Dios hacia la humanidad, es decir, en el gran sacramento (méghalon mystérhion) de Cristo y la Iglesia, donde se manifiesta el plan de Dios sobre el mundo. Se usa para expresar esa realidad mística del proyecto de Dios sobre el mundo, el signo matrimonial. Es la fidelidad esponsal, en forma de donación gratuita, “útero del amor, donde nace la vida” como en la II-II llama Tomás de Aquino la familia, la que nos sirve para entender el amor de un Dios, no solitario, sino Trinidad, que ama gratuitamente y nos da, en Cristo, en su encarnación, sufrimiento, pasión, cruz, resurrección y venida gloriosa, el signo de su proyecto. Es un proyecto de santidad (“Reino de justicia”= santidad, dirá el prefacio), de amor gratuito (“Reino de amor”) y de serenidad gozosa y no de amor instrumental (“Reino de paz”).

5. Trabajar por y para el Reino de Cristo es construir su Iglesia. Construirla en la obediencia a Dios, a su siervo glorioso y glorificado, Nuestro Señor Jesucristo, a nuestros legítimos pastores (al “santo viejecito” pastor supremo, a nuestro arzobispo y a sus auxiliares, al pastor nuestro propio en nuestra comunidad parroquial). Construirla en el proyecto que tiene sobre ella Cristo, no con nuestro amor instrumental y blasfemo que la quiere usar para fines utilitaristas y terrenos, cuando no políticos. Construirla en la noche obscura en la cual no siempre entendemos las indicaciones de los que nos rigen porqué el Señor ha escogido pastores tan inútiles como el que os habla.

6. Construirla también en la “Iglesia doméstica”. En la justicia/santidad, amor y paz del hogar. En ese santuario que no ha de ser jamás profanado por el egoísmo, el utilitarismo, la mezquindad, el bandidaje de nuestro – quiero decir mío y tuyo – interés. “Venga tu reino” dices hoy, cristiana, cristiano, a Cristo, Señor y Rey del Universo. Que venga su reino también a nuestro hogar.

7. Hay, finalmente, que construir el Reino de Cristo en la verdad de nuestra persona. Sin una conversión, total y absoluta, a la justicia/santidad, al amor y a la paz, individual y personal, no hay transformación ni de la familia, ni de la Iglesia, ni de la sociedad. Sin ella somos unos payasos imbéciles, unos charlatanes vendedores de formas religiosas, que queremos reírnos de Dios. Y de Dios nadie se ríe, dice el Apóstol. Venga Cristo a reinar en mi corazón para que venga su reino. Váyanse ante la majestad de mi único Rey y Señor mis odios, egoísmos, mezquinos intereses: ¡que mi vivir sea Cristo!

2. La realeza de Santa María y su entroncamiento cristológico en la Tradición de la Iglesia

8. Ya durante el primer milenio los autores sagrados se expresaban en este sentido. El primer testimonio de la fe en la glorificación de la Virgen aparece en los relatos apócrifos, titulados “Transitus Mariae” , cuyo núcleo originario se remonta a los siglos II y III. Se trata de representaciones populares, a veces noveladas, pero que, en este caso, reflejan una intuición de la fe del pueblo de Dios. Pronto, con todo, el magisterio de la Iglesia recogería esa intuición del sensus fidelium. Lo hallamos en San Ambrosio, San Epifanio y Timoteo de Jerusalén. 

9. San Germán de Constantinopla (+733) pone en labios de Jesús, que se prepara para llevar a su Madre al Cielo, estas palabras: “Es necesario que donde yo esté, estés también tú, Madre inseparable de tu Hijo”. La misma tradición eclesial ve en la maternidad divina la razón fundamental de la glorificación. Un indicio interesante de esta convicción se encuentra en un relato apócrifo del siglo V, atribuido al Pseudo Melitón. El autor imagina que Cristo pregunta a los Apóstoles qué destino merece María, y ellos le dan esta respuesta: “Señor, elegiste a tu esclava, para que se convierta en tu morada inmaculada [ …]. Por tanto, dado que, después de haber vencido a la muerte, reinas en la gloria, a tus siervos nos ha parecido justo que resucites el cuerpo de tu Madre y la lleves contigo, dichosa, al Cielo”.

San Germán, en un texto lleno de poesía, sostiene que el afecto de Jesús a su Madre exige que María se vuelva a unir con su Hijo Divino en el Cielo: “Como un niño busca y desea la presencia de su madre, y como una madre quiere vivir en compañía de su hijo, así también era conveniente que tú, de cuyo amor materno a tu Hijo y Dios no cabe duda alguna, volvieras a El. ¿Y no era conveniente que, de cualquier modo, este Dios que sentía por ti un amor verdaderamente filial, te tomara consigo?”. En otro texto, el mismo San Germán sostiene que “era necesario que la Madre de la Vida compartiera la Morada de la Vida”. Así integra la dimensión salvífica de la maternidad divina con la relación entre la Madre y el Hijo glorificado.

San Juan Damasceno subraya la relación entre la participación en la Pasión y el destino glorioso: “Era necesario que aquélla que había visto a su Hijo en la Cruz y recibido en pleno corazón la espada del dolor [ …]  contemplara a ese Hijo suyo sentado a la diestra del Padre”. La participación de Maria en lo que decimos en el Credo es evidente: «Sedet ad dexteram Patris […] Cuius regni non erit finis».

10. Y en los escritos del Siglo IV los historiadores eclesiásticos se refieren a la glorificación de María como a una tradición antiquísima, que a causa de su unanimidad, no puede venir sino de los mismos Apóstoles y, por consiguiente, es como de revelación divina, pues la revelación en que se funda la religión cristiana terminó, según enseña la Iglesia, con la muerte de San Juan. Desde el Siglo V en adelante, no encontró un solo escritor eclesiástico, ni una sola comunidad cristiana que no creyera en la glorificación de María en cuerpo y alma. Posteriormente se fue desarrollando una larga reflexión con respecto al destino de María en el más allá. Esto, poco a poco, llevó a los creyentes a la fe en la elevación gloriosa de la Madre de Jesús en alma y cuerpo, y a la institución en Oriente de las fiestas litúrgicas correspondientes.

11. En el Siglo VII el Papa Sergio I promovió procesiones a la Basílica Santa María la Mayor el día de la Dormición de la Virgen, como expresión de la creencia popular en su glorificación gozosa. La fe en el destino glorioso del alma y del cuerpo de la Madre del Señor después de su muerte, desde Oriente se difundió a Occidente con gran rapidez y, a partir del Siglo XIV, se generalizó. El Papa Juan XXII, en 1324, afirmaba que “la Santa Madre Iglesia pidadosamente cree y evidentemente supone que la bienaventurada Virgen fue asunta en alma y cuerpo”.

12. En la primera mitad del siglo XX, en vísperas de la declaración del Dogma de la Asunción de Santa María, constituía una verdad casi universalmente aceptada y profesada por la comunidad cristiana en todo el mundo. Así, en Mayo de 1946, con la Encíclica Deiparae Virginis Mariae, Pío XII promovió una amplia consulta, interpelando a los Obispos y, a través de ellos, a los presbíteros y al pueblo de Dios, sobre la posibilidad y la oportunidad de definir la Asunción corporal de María como Dogma de Fe. El recuento fue ampliamente positivo: sólo 6 respuestas de entre 1.181 manifestaban alguna reserva sobre el carácter revelado de esa verdad: Citando ese dato, la Bula Munificentissimus Deus afirma: “El consentimiento universal del Magisterio ordinario de la Iglesia proporciona un argumento cierto y sólido para probar que la Asunción corporal de la Santísima Virgen María al Cielo  …] es una verdad revelada por Dios y, por tanto, debe ser creída firme y fielmente por todos los hijos de la Iglesia”.

13. El Concilio Vaticano II, recordando en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia el misterio de la Asunción, atrae la atención hacia el privilegio de la Inmaculada Concepción: precisamente porque fue “preservada libre de pecado original” (LG 59). María no podía permanecer como los demás hombres en el estado de muerte hasta el fin del mundo. La ausencia del pecado original y la santidad perfecta ya desde el primer instante de su existencia, exigían para la Madre de Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo.

Como dato curioso está el hecho de que no hayan reliquias del cuerpo virginal de María. Nos dice que ni siquiera los fabricantes de falsas reliquias, que los ha habido a lo largo de la historia de la Iglesia, se atrevieron jamás a fabricar una del cuerpo de María, pues sabían que, dada la creencia universal de la Asunción, no hubieran sido recibidas como auténticas en ninguna parte del mundo cristiano.

Documentos históricos

14. El primero es la carta de Dionisio el Egipcio o el Místico (no Dionisio el Areopagita, discípulo de San Pablo) a Tito, Obispo de Creta, que data desde fines del siglo III a mediados del siglo IV, y publicada por primera vez en alemán por el Dr. Weter de la Facultad de Tubinga en 1887. El Dr. Nirschl, que la ha estudiado, fija como fecha el año 363, declarándola absolutamente auténtica. Este documento histórico es importantísimo para conocer cuál era la tradición en Jerusalén acerca de la Asunción de María, pues es lo más próximo que se conoce a la tradición de los mismos testigos presenciales del hecho, es decir, los Apóstoles. Dice así: “Debes saber, ¡oh noble Tito!, según tus sentimientos fraternales, que al tiempo en que María debía pasar de este mundo al otro, es a saber a la Jerusalén Celestial, para no volver jamás, conforme a los deseos y vivas aspiraciones del hombre interior, y entrar en las tiendas de la Jerusalén superior, entonces, según el aviso recibido desde las alturas de la gran luz, en conformidad con la santa voluntad del orden divino, la ‘turba’ de los santos Apóstoles se juntó en un abrir y cerrar de ojos, de todos los puntos en que tenían la misión de predicar el Evangelio. Súbitamente se encontraron reunidos alrededor del cuerpo glorioso y virginal. Allí figuraron como doce rayos luminosos del Colegio Apostólico. Y mientras los fieles permanecían alrededor, Ella se despidió de todos, la Augusta (la Virgen) que, arrastrada por el ardor de sus deseos, elevó a la vez que sus plegarias, sus manos todas santas y puras hacia Dios, dirigiendo sus miradas, acompañadas de vehementes suspiros y aspiraciones a la luz, hacia Aquél que nació de su seno, Nuestro Señor, su Hijo. Ella entregó su alma toda santa, semejante a las esencias de buen olor y la encomendó en las manos del Señor. Así es como, adornada de gracias, fue elevada a la región de los Ángeles, y enviada a la vida inmutable del mundo sobrenatural. Al punto, en medio de gemidos mezclados de llantos y lágrimas, en medio de la alegría inefable y llena de esperanza que se apoderó de los Apóstoles y de todos los fieles presentes, se dispuso piadosamente, tal y como convenía hacerlo a la [que sería] difunta, el cuerpo que en vida fue elevado sobre toda ley de la naturaleza, el cuerpo que recibió a Dios, el cuerpo espiritualizado, y se le adornó con flores en medio de cantos instructivos y de discursos brillantes y piadosos, como las circunstancias lo exigían. Los Apóstoles inflamados enteramente en amor de Dios, y en cierto modo, arrebatados en éxtasis, lo cargaron cuidadosamente sobre sus brazos, como a la Madre de la Luz, según la orden desde las alturas del Salvador de todos. Lo depositaron en el lugar destinado para la sepultura, en el lugar llamado Getsemaní. Durante tres días seguidos, ellos oyeron sobre aquel lugar los aires armoniosos de la salmodia, ejecutada por voces angélicas, que extasiaban a los que las escuchaban; después nada más. Eso supuesto para confirmación de lo que había sucedido, ocurrió que faltaba uno de los santos Apóstoles al tiempo de su reunión. Este llegó más tarde y obligó a los Apóstoles que le enseñasen de una manera palpable y al descubierto el precioso tesoro, es decir, el mismo cuerpo que encerró al Señor. Ellos se vieron, por consiguiente, obligados a satisfacer el ardiente deseo de su hermano. Pero cuando abrieron el sepulcro que había contenido el cuerpo sagrado, lo encontraron vacío y sin los restos mortales. Aunque tristes y desconsolados, pudieron comprender que, después de terminados los cantos celestiales, había sido arrebatado el santo cuerpo por las potestades etéreas, después de estar preparado sobrenaturalmente para la mansión celestial de la luz y de la gloria oculto a este mundo visible y carnal, en Jesucristo Nuestro Señor, a quien sea gloria y honor por los siglos de los siglos. Amén”.

15. El segundo documento es de San Juan Damasceno, Doctor de la Iglesia. Es un sermón por él predicado en la Basílica de la Asunción en Jerusalén, por el año 754, ante varios obispos y muchos sacerdotes y fieles: “Ahí tenéis con qué palabras nos habla este glorioso sepulcro. Que tales cosas hayan sucedido así, lo sabemos por la “Historia Eutiquiana”, que en su Libro II, capítulo 40, escribe: `Dijimos anteriormente cómo Santa Pulqueria edificó muchas Iglesias en la ciudad de Constantinopla. Una de éstas fue la de las Blanquernas, en los primeros años del Imperio de Marciano. Habiendo, pues, construído el venerable templo en honor de la benditísima y siempre Virgen María, Madre de Dios […] buscaban diligentemente los Emperadores llevar allí el sagrado cuerpo de la que había llevado en su seno al Todopoderoso, y llamando a Juvenal, Arzobispo de Constantinopla, le pidieron las sagradas reliquias. Juvenal contestó en estos términos: `Aunque nada nos dicen las Sagradas Escrituras de lo que ocurrió en la muerte de la Madre de Dios, sin embargo nos consta por la antigua y verídica narración que los Apóstoles, esparcidos por el mundo para la salvación de los pueblos, se reunieron milagrosamente en Jerusalén, para asistir a la muerte de la Santísima Virgen.La Historia Eutiquiana nos dice luego, que los Apóstoles, después de la sepultura de la Virgen, oyeron durante tres días los coros angélicos; después nada más. Ahora bien, como Santo Tomás llegó tarde, abrieron la tumba y debieron comprobar que no estaba allí el sagrado cuerpo. Repuestos de su estupor, no acertaron los Apóstoles a inferir otra cosa, sino que Aquél que le plugo nacer de María, conservándola en su inviolable virginidad, se complació también en preservar su cuerpo virginal de la corrupción y en admitirlo en el Cielo antes de la resurrección general. Oído este relato, Marciano y Pulqueria pidieron a Juvenal que les enviase el ataúd y los lienzos de la gloriosa y santísima Madre de Dios, todo cuidadosamente sellado. Y, habiéndolos recibido, los depositaron en la dicha Iglesia de la Madre de Dios en las Blanquernas. Y es así como sucedió todo esto”.

El dogma de la Asunción y glorificación de Maria

16. Como es sabido, el Papa Pío XII, declaró el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma al Cielo el día 1o de noviembre de 1950. 

Lo hizo desde el atrio exterior de San Pedro Vaticano, rodeado de 36 Cardenales, 555 Patriarcas, Arzobispos y Obispos, de gran número de dignatarios eclesiásticos y de una muchedumbre entusiasmada, de aproximadamente un millón de personas. Definió así solemnemente, con su suprema autoridad, este dogma mariano.

A continuación, transcribo las palabras mismas que definen este Dogma, tomadas de la Bula Munificentissimus Deus: 

 “Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado, que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

 Puede entenderse por qué se levantó un grito al unísono de parte de la multitud entusiasmada que estaba en la Plaza San Pedro: casi 1900 años de fe del pueblo y de la Iglesia en esta verdad, confirmada y ratificada por el Romano Pontífice, apelando a la infalibilidad conferida a quien es el Sucesor de San Pedro. También hubo millones de espectadores en los cinco continentes, quienes vieron en televisión u oyeron por las estaciones de radio del mundo católico, el importante anuncio papal.

 17. A partir de ese momento ya ningún católico podía dudar del hecho de la Asunción de María en cuerpo y alma al Cielo, sin apartarse de la Fe de la Iglesia. 

Continuando con la Bula de la Asunción, he aquí algunos de estos argumentos, contenidos en la misma. Los dos primeros argumentos son el de la Tradición y el de la Liturgia. Luego sigue que: 

  1. Es una exigencia de la Inmaculada Concepción:  “Este privilegio – el de la Asunción de María – resplandeció con nuevo fulgor desde que Pío IX, definió solemnemente el Dogma de la Inmaculada Concepción. Estos dos privilegios están estrechamente unidos entre sí. Cristo, con su muerte, venció la muerte y el pecado; y sobre el uno y sobre la otra reporta también la victoria, en virtud de Cristo, todo aquél que ha sido regenerado sobrenaturalmente por el bautismo. Pero, por ley general, Dios no quiere conceder a los justos el pleno efecto de esta victoria sobre la muerte, sino cuando haya llegado el fin de los tiempos. Por eso también los cuerpos de los justos se disuelven después de la muerte, y sólo en el último día volverá a unirse cada uno con su propia alma gloriosa. “Pero de esta ley general quiso Dios que fuera exenta la bienaventurada Virgen María. Ella, por privilegio del todo singular, venció al pecado con su Concepción Inmaculada; por eso no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro, ni tuvo que esperar la redención de su cuerpo hasta el fin del mundo.” 
  2. Es una exigencia de su dignidad de Madre de Dios y del amor de su Divino Hijo hacia ella: “Todas estas razones y consideraciones de los Santos Padres y de los Teólogos tienen como último fundamento la Sagrada Escritura, la cual nos presenta a la excelsa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo y siempre partícipe de su suerte. De donde parece imposible imaginarse separada de Cristo, si no con el alma, al menos con el cuerpo, después de esta vida, a Aquélla que le concibió, le dio a luz, le nutrió con su leche, le llevó en sus brazos y le apretó a su pecho. Desde el momento en que nuestro Redentor es Hijo de María, ciertamente, como observador pefectísimo de la divina ley que era, no podría menos de honrar, además de al Eterno Padre, también a su amantísima Madre. Pudiendo, pues, dar a su Madre, tanto honor al preservarla inmune de la corrupción del sepulcro, debe creerse que lo hizo realmente”.
  3. Por su condición de nueva Eva y Corredentora de la humanidad: “Pero hay que recordar especialmente que desde el Siglo II María es presentada por los Santos Padres como nueva Eva, estrechamente unida al nuevo Adán, si bien sujeta a El, en aquella lucha contra el enemigo infernal, que, como fue preanunciado en el Protoevangelio (Gen. 3, 15), había de terminar con la plenísima victoria sobre el pecado y sobre la muerte, siempre unidos en los escritos de San Pablo (cfr. Rm 5 y 6; ICor. 15, 21-26; 54-57). Por lo cual, como la gloriosa resurrección de Cristo fue parte esencial y signo final de esa victoria, así también para María la común lucha debía concluir con la glorificación de su cuerpo virginal; porque, como dice el Apóstol, cuando […] este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad, entonces sucederá lo que fue escrito: la muerte fue absorbida por la victoria (I Cor 15, 54).
  4. Por el conjunto de los demás privilegios: “De tal modo la augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad con un mismo decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin, como supremo coronamiento de sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y, vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del Cielo, donde resplandece como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos (cf. I Tim. 1, 17).”

18. Luego hay un aparte en la Bula en el que se resumen todos los motivos que hubo para declarar el Dogma de la Asunción:

“Y como la Iglesia universal, en la que vive el Espíritu de la Verdad, que la conduce infaliblemente al conocimiento de las verdades reveladas, en el curso de los siglos ha manifestado de muchos modos su fe, y como los Obispos del orbe católico, con casi unánime consentimiento piden que sea definido como dogma de fe divina y católica la verdad de la Asunción corporal de la Bienaventurada Virgen María al Cielo –verdad fundada en la Sagrada Escritura, profundamente arraigada en el alma de los fieles, confirmada por el culto eclesiástico desde tiempos remotísimos, sumamente en consonancia con otras verdades reveladas, espléndidamente ilustrada y explicada por el estudio de la ciencia y sabiduría de los teólogos– creemos llegado el momento pre-establecido por la Providencia de Dios para proclamar solemnemente este privilegio de María Virgen”. He aquí, entonces, el texto de la fórmula definitoria del Dogma de la Asunción: es “Dogma de Revelación Divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

19. El significado de la Asunción de María al Cielo queda plasmado y maravillosamente resumido en el Prefacio de esta Solemnidad Mariana, en la cual celebramos la glorificación de la Madre de Dios […] y también nuestra propia glorificación: la que nos espera al final de los tiempos. 

Así rezamos en el Prefacio de la Asunción: “Hoy ha sido llevada al Cielo la Virgen Madre de Dios. Ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada. Ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra. Con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro la Mujer que, por obra del Espíritu Santo concibió en su seno al autor de la vida”.

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